Transformación rural en España: del ideal teletrabajador a la realidad del acceso a la vivienda.
En el contexto de las reivindicaciones del mundo rural, este martes se celebra el séptimo aniversario de un movimiento significativo que culminó en una impronta social importante: una masiva manifestación en Madrid. Desde aquel momento, el diálogo sobre el campo ha evolucionado, reflejando un cambio de percepción que va desde la idealización del regreso a la vida rural, incentivado por el teletrabajo tras la pandemia del Covid, hasta la necesidad urgente de abordar la crisis del acceso a la vivienda que también afecta a estos espacios.
Este aniversario ha propiciado que expertos consultados por Europa Press ofrezcan sus análisis sobre la persistente despoblación en España, un fenómeno que sigue vigente años después del notable auge observado en 2019.
Vicente Pinilla, catedrático de Economía y especialista en despoblación en la Universidad de Zaragoza, expone que las características demográficas actuales, con poblaciones "envejecidas y masculinizadas", han contribuido a una disminución de habitantes, sin que necesariamente las personas se desplacen de sus localidades. Este fenómeno se manifiesta en el "crecimiento natural negativo" de muchas comunidades.
En la comunidad autónoma de Aragón, el propio Pinilla indica que la suma de los municipios con menos de 5.000 habitantes ha registrado una pérdida de población en los últimos años, basándose en datos de un estudio que está desarrollando con colegas de su universidad sobre este tema en particular.
A pesar de que Pinilla considera que no se puede generalizar a todo el país, sugiere que hay una tendencia común que muestra que el supuesto retorno al campo es más ilusión que realidad. "No se puede afirmar que se esté produciendo un regreso al entorno rural, especialmente en Aragón, y no creo que la situación sea muy diferente en el resto de España", añade.
Este análisis llega acompañado de la historia de Borja Morteo, un joven que, aunque ha pasado buena parte de su vida en Zaragoza, está vinculado a Luna, un pequeño pueblo aragonés de menos de 700 habitantes. Actualmente, Borja compagina su trabajo en una empresa de deportes electrónicos con sus estudios en Madrid. A pesar de que nunca ha residido allí más de unos meses, destaca el papel de los bares en la comunidad, fungiendo como "puntos de encuentro" esenciales.
Desde su perspectiva, Borja siente una desconexión creciente con el pueblo y reconoce que, a pesar de que en el rural hay una cierta capacidad de autosuficiencia, las carencias como la falta de empleo cualificado y de internet de calidad son barreras insalvables para quienes se han acostumbrado a las comodidades urbanas. Por ello, no se plantea regresar a Luna en el corto plazo, prefiriendo enfocarse en su futuro en Madrid.
Por su parte, Juan Antonio Lobato, investigador de nuevas estrategias en la Universidad Carlos III, observa que el auge del teletrabajo post-pandemia ha generado un fenómeno de "estacionalización" de la despoblación, más que una detención total. Sin embargo, advierte que la idealización del nomadismo digital, que aumentó tras el Covid y llevó a invertir considerablemente en la infraestructura rural, no ha ido de la mano de una planificación urbana adecuada.
Lobato también menciona que, tras su investigación en 2024, la velocidad de la despoblación ha disminuido, aunque los riesgos de desaparición de algunas localidades siguen latentes. Su estudio señala un "umbral de alto riesgo de desaparición funcional", donde las comunidades ya no pueden sostenerse y terminan desapareciendo, aunque resalta que este proceso se está ralentizando.
Adicionalmente, tanto Lobato como Pinilla coinciden en que muchos de los registros de regreso a la zona rural, tras la pandemia, se relacionan más con el empadronamiento en segundas residencias que con un auténtico movimiento poblacional.
Un claro ejemplo de este dinamismo es Soria, una de las provincias que destacó en las movilizaciones de 2019. Hugo Poza, un joven de 24 años originario de Covaleda, un pequeño municipio soriano, relata su experiencia trabajando en un bar de Salduero, otro pueblo cercano. A pesar de que su comunidad cuenta con algunas infraestructuras y servicios, Hugo es pesimista sobre el futuro de los pueblos. "Las instituciones no hacen nada para retener a los jóvenes", afirma, enfatizando que la falta de oportunidades de empleo sigue siendo un reto insuperable.
Marina Jiménez, de 23 años y procedente de Plasencia en Cáceres, expone que si bien la despoblación no le afecta directamente, sí le preocupa su entorno. Desde que se trasladó a Madrid para estudiar Matemáticas, ha optado por hacer su vida en la capital, donde trabaja en Deloitte. Aunque anhela poder pasar más tiempo en su pueblo y teletrabajar desde allí, no vislumbra un retorno factible a corto plazo, dado que muchos de sus conocidos han intentado regresar y no han encontrado oportunidades adecuadas.
La situación que viven jóvenes como Marina y Hugo reitera las preocupaciones de Vicente Pinilla sobre cómo, a pesar de los avances en infraestructura, las condiciones laborales y la falta de acceso a viviendas adecuadas en los pueblos limitan el potencial de retorno y desarrollo en las zonas rurales.