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Trump sacude el equilibrio global con tarifas e intervenciones bélicas en su primer año de regreso a la Casa Blanca.

Trump sacude el equilibrio global con tarifas e intervenciones bélicas en su primer año de regreso a la Casa Blanca.

En un movimiento que ha dejado atónito al mundo, Donald Trump ha reconfigurado la política exterior estadounidense desde su regreso a la Casa Blanca en 2024. Apenas un año después de su reelección, el presidente ha desatado una serie de aranceles comerciales que agitan las relaciones con sus aliados de antaño y desafían alianzas históricas como la OTAN. Su enfoque militarista se dibuja claramente en sus intervenciones en países como Irán, Venezuela y Yemen, dejando entrever sus intenciones de reafirmar el dominio de Estados Unidos en el panorama global.

Tras su retorno al poder, muchos se preguntaron cómo se manifestaría el liderazgo de Trump en esta nueva etapa. En pocos meses, ha sentado las bases de una estrategia de intervención que utiliza tanto la fuerza militar como los métodos económicos para consolidar la influencia estadounidense en el hemisferio. Esta combinación de agresividad militar y comercio desafiante revela una clara apuesta por el intervencionismo, alineándose con una visión que rivaliza con la histórica doctrina Monroe, adaptándola a sus propios intereses geopolíticos y económicos.

Este enfoque ha generado tensiones palpables entre Estados Unidos y Europa, en un contexto donde las amenazas rusas y chinas crecen. A medida que Washington levanta barreras comerciales, aliados tradicionales como la Unión Europea se ven obligados a actuar, implementando medidas defensivas en sectores críticos para proteger sus economías de un ataque comercial sostenido por Trump.

Desde el inicio de su mandato, la aplicación de gravámenes a potencias económicas ha sido una de las primeras decisiones de Trump para redefinir las relaciones internacionales. Los aranceles impuestos a industrias clave, incluidos acero, aluminio, y productos agrícolas, han tenido repercusiones inmediatas en la economía global, llevando a una reacción rápida por parte de socios comerciales que intentan mitigar el daño.

En este complejo juego de poder, China ha sido uno de los pocos que ha mantenido diálogo con Trump, aunque su relación sigue siendo tensa. Mientras el presidente estadounidense presume de los supuestos logros económicos y de la fortaleza de su nación, las adversidades acumuladas por su política comercial continúan desencadenando un panorama internacional incierto.

La política exterior de Trump se ha vuelto más agresiva que en su primer mandato, con un énfasis renovado en los intereses estratégicos estadounidenses. En Yemen, por ejemplo, la administración llevó a cabo una acción militar directa en respuesta a ataques a la navegación, mientras que su confrontación con Irán se intensificó, culminando en bombardeos a instalaciones nucleares en un acto que él mismo catalogó como un "espectacular éxito".

La intervención en Venezuela es quizás uno de los actos más destacados de este nuevo enfoque, marcando un giro significativo en la política estadounidense hacia América Latina. La captura de Nicolás Maduro envió un claro mensaje sobre la disposición de Trump a emplear la fuerza militar para conseguir sus objetivos en la región, con Cuba también en la mira como posible próxima "acción".

El despliegue militar de Estados Unidos en la región del Caribe se enmarca dentro de una estrategia más amplia que, aunque se presenta como un fortalecimiento de la seguridad, también despliega un componente expansionista que amenaza a socios como Dinamarca, a quien Trump ha desafiado por el control de Groenlandia, justificando sus acciones por la creciente influencia de potencias rivales en la zona.

A pesar de su aparente voluntad de pacificación, el presidente ha tomado decisiones controvertidas que resuenan en el contexto del conflicto ucraniano, donde ha optado por un enfoque inesperado que parece favorecer una mayor cercanía con Rusia a expensas de la sólida política de apoyo europeo que hiso su predecesor. Este giro ha llevado a tensiones palpables dentro de la OTAN, donde los aliados se sienten más solos que nunca en su apoyo a Ucrania frente a la invasión de Putin.

Una significativa cumbre en La Haya reflejó estas divisiones, al llegar a acuerdos exigentes en términos de gasto militar que presionan a los aliados europeos, evidenciando la nueva estrategia de Trump que busca asegurar un retorno a la hegemonía estadounidense mediante la reconfiguración de las dinámicas de poder en el continente y más allá.